Fue una contradicción todo el tiempo. Todo el bendito tiempo. Se debatía entre lo que quería, lo que sentía, lo que debía, lo que necesitaba... y, así, fracasó. Su vida fue y es una constante bomba de humo, dado que así como él va, vuelve, sin lograr ponerse de acuerdo con su centro, con su eje.
Lo sorprendí más de mil veces charlando consigo mismo, gritándole a sus demonios. Se refugiaba en mis brazos, me prometía amor, me usaba como su amuleto de la suerte y, sin más, yo leía el libreto que él me presentaba con la mayor de las euforias. Cuando estás débil hasta la más suave caricia te reconforta el corazón. Y él sabía ejercer muy bien el poder sobre mis debilidades.
Se pasaba una mano en la frente, hipócrita lo creía yo, se hacía la señal de la cruz y le pedía a Dios, por favor, que reinara dentro de su mente el silencio. Padecía el enorme suplicio de recorrer las mismas vueltas de su historia, una y otra vez, como si no existiera el ahora, como si no existiera el después. Su vida era un derrumbe constante de ideas frágiles, de una búsqueda desacertada, y la mía era un incendio forestal que había empezado lentamente y que el viento no paraba de alimentar. Entre los dos formábamos el caos.
Había que ser concientes que, pese a toda tormenta, nos habíamos elegido y debíamos lidiar con eso. El sabio tiempo, bien comprendió, que eso no debía, bajo ninguna ley divina, continuar y puso toda énfasis en destrozarnos. Nos rompió en miles de pedazos, alejándonos como partículas inservibles. Culminó con mi incendio y a él le perdí rastro para siempre...
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